Los aullidos de los carayá saliendo del follaje como si hubiese parlantes escondidos, y más arriba los de unos loros barranqueros que se sumaban como canillitas corriendo hacia los barrios periféricos con la primicia de un nuevo día, terminaron de despertar a todo el mundo. Animales desperezándose como bailarines de ballet por acá, plantas dormilonas de las que trabajan de noche abriendo sus pétalos por allá, ponían la selva en movimiento. Los monos eran, de alguna manera, los anunciadores del clima, con sus corresponsales infalibles, las aves. Si había picaflores no vendría tormenta; si aparecían los pájaros insectívoros, esos que comen revoloteando en el aire como aviones de acrobacia, la lluvia estaba a la vuelta de la esquina, aunque en la selva no hay esquinas pese a que los senderos tienen curvas. Mientras los animales y flores escuchaban el parte meteorológico, el ruido proveniente de los arroyitos color café que un momento antes parecían ríos de chocolate, se fue desvaneciendo hasta perderse detrás de un abanico de sonidos imposibles de identificar, igual que una orquesta que afina sus instrumentos. Los árboles, como abuelos ansiosos, esperaban con las ramas abiertas a que se le trepasen esas criaturas que convertían el suelo en una verdadera peatonal.

En el corazón de Bigtown, ese espacio de tierra colorada en el que una empresa intentó desdibujar la selva, el movimiento se resumía a unos pocos hilos de agua que surcaban sus calles; mejor dicho lo que quedaba de ellas, mezcla de hierbas, arena y una epidermis de algo parecido a pavimento que no soportó los embates del clima y la vegetación, camuflándose finalmente entre la maleza. En los pozos de esas costuras angostas que unían como un cierre relámpago dos franjas verdes, se remojaban aves y animales pequeños, salpicando a los recién llegados y fastidiando a los menos afectos al agua que pasaban por allí, como el zorro que volvía quejoso de una larga noche con su pelambre como un peluche y el estómago vacío.

Fragmento 2 de: La Luna dentro de la Tierra, Marcelino Iriani-Ed. 2011