América del Sur, primavera del año 2023

       “El cielo lloraba sin consuelo sobre la selva, como un anciano distraído que riega una maceta hasta que desborda y le salpica las plantuflas. El clima cambiaba, irrespetuoso de las estaciones y nadie comprendía por qué el sol quemaba más que antes y las lluvias llegaban de improviso, enejadas, sin luces violetas y cantos de ranas que las anuncien. Bajo ese cielo que no paraba de estornudar y mojar pañuelos con formas de nube, miles de ojos pestañaban con cada relámpago para volver a hipnotizarse con esa cortina tejida con millones de gotitas. Más abajo, la violencia del agua marrón mezclada con espuma blanquecina enojaba a los sapos arrastrados como botes hasta chocar contra la vegetación. Aquello parecía un helado de chocolate y limón con trocitos de pistacho que rodaba por el piso peinando la hierba hasta achatarla. Esos torrentes, hijos de la deforestación, buscaban pasar desapercibidos, huyendo repentinamente después del último trueno. Parecían una pandilla de chicos malos que dejaban todo patas para arriba y se marchaban, saltando por la barranca del río; chicos traviesos con poca culpa de haberse convertido en esos revoltosos que los animales de la selva no reconocían.

            La naturaleza había enfermado y de vez en cuando tenía una de esas pataletas, con tosidos, calores intensos y chucos de frío. Los animales y plantas se acomodaban a ella, sabiendo que se había pescado una peste de las feas pero que tarde o temprano sanaría. La selva era, desde un tiempo atrás, esa amiga a la que algunos días no había que pasar a buscar para jugar o aún mejor, a la que había que visitar para hacerle compañía pero sin darle mucha charla.

            Pese a las nanas, Amazonia guardaba una energía milenaria que le permitía reponerse una y otra vez; aquellas recaídas eran una piedra pequeña en el zapato de un viejo caminante y no alcanzaban a detener la marcha de la vida. En un momento, el canto de las aves anunció que amanecía y el sol empezó a reclamar su lugar a unas nubes distraídas que no vieron alejarse a la tormenta, la que se olvidaba de ellas cual maletas en un andén. El grito de los monos, como vendedores de periódicos, se mezcló con los últimos truenos emitidos por el tambor de ese soldado lejano que iba a desatar esas otras batallas o acaso ocultarse por un tiempo en la penumbra sequía.”

Fragmento de: La Luna dentro de la Tierra, Marcelino Iriani-Ed.2011.