La pasión necrofílica de la política nacional tiene un nuevo hito: el fiscal especial de la causa AMIA, Alberto Nisman. Fervores y odios se ciñen con igual temple sobre su figura, especialmente ahora cuando sus aciertos o errores sólo son parte de especulaciones y mezquindades que, de repetidas, se torman abstractas.

Pero lo cierto es que Nisman no habría muerto en la víspera de ese 19 de enero en el que debía fundamentar ante el Congreso su denuncia contra la Presidenta, el canciller y otros personajes del oficialismo, a quienes había acusado de encubrir el ataque a la AMIA.

Probablemente Nisman había comenzado a morir un poco antes, cuando ese mismo gobierno en el que había creído y por el que había llegado a comandar una investigación clave de la historia reciente argentina, decidía avanzar en inquietantes negociaciones con el principal sospechoso del ataque, el régimen iraní.

Esa maniobra culminó con la suscripción del Memorando de Entendimiento que el Parlamento aprobó como le gusta al kirchnerismo: sin modificaciones ni debate, pero con mucha celeridad.

O tal vez murió otro poco cuando, al conocerse la denuncia, desde el bloque K le dijeron que lo esperarían “con los tapones de punta”, lo que en un país futbolero como el nuestro (y nueva alegoría maradoniana mediante) al menos indica que le iban a “cortar las piernas”.

Sensatamente tal vez murió por decisión propia o ajena en la previa de esa cita que no había eludido y de cuyas declaraciones se desprende que asumía como un desafío, pero también como una obligación, aun a costa de sospechar los alcances de la denuncia, el impacto político y los costos personales que tendría, pero que seguramente no se imaginaba en toda su dimensión institucional.

¿Habrá muerto otro poco cuando como fiscal vio la confusa y enigmática investigación que ahora lo tenía a él como víctima? ¿O cuando un secretario de Seguridad que responde a quienes él había imputado probablemente llegaba a su departamento antes que el juez y la fiscal?

Peor aún, a lo mejor se horrorizaba más si veía las imágenes de su seguimiento en Ezeiza cuando llegaba del viaje que había compartido con su familia en Europa.

Enfáticamente, tal vez volvió a morir cuando la mismísima Presidenta ensayó desde la seriedad y el protocolo que supone Facebook, teorías contradictorias sobre su deceso. O cuando desde la desesperación lo tildaron desde “promiscuo” hasta “homosexual”.

Incluso, también haya muerto cuando en el 18F pudo ver el dolor genuino de muchos, las lágrimas de su madre y sus hijas, el frío temple de su ex mujer; pero también, el oportunismo expuesto de otros tantos.

Seguramente, murió nuevamente cuando le achacaron operaciones políticas de coyuntura. O turbias maniobras a mano de los servicios de Inteligencia. También, dicen, murió ayer cuando, en una solicitada, el gobierno nacional directamente lo acusó de buscar “un efecto político desestabilizador”. Está claro, no pudo responder tantas ráfagas. Falleció. Y ésa, parece, no será su última muerte.

Luis Abrego – Jefe sección Política – labrego@losandes.com.ar 05.03.2015

Sigamos adelante con el grito de JUSTICIA, que está llegando, HOY más que nunca no permitamos que se aleje.

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