Hoy ha pensado que debería cambiar la rutina, producto de la vida, y dedicarle más tiempo a su familia. Siente que no está acompañándolos durante etapas vitales importantes. En especial a los niños, que están transitando los avatares cotidianos del crecimiento, del desarrollo de su personalidad. Queriendo lograr las metas trazadas, se estaba alejando de otras prioridades, tratando de asimilar lo importante que es limitarse y tomarse un respiro para ver que está pasando con la vida. Transitando este proceso en la oficina, enfrente de la pantalla de su computadora, nota la vista nublada, parpadea y nada, siente que le sube calor a la cara y se incorpora. Cae al suelo.
En la silenciosa y fría sala de terapias intensivas, la pantalla del monitor muestra una frecuencia cardiaca muy baja. Nadie se da cuenta que Paulo, sumido en ese infinito sueño, está viviendo sus horas de vida anteriores.
En una hermosa y húmeda mañana de verano, se encuentra regando la huerta, como lo hace todos los días, luego del desayuno y antes de dirigirse a su trabajo.
Es su pasatiempo preferido, desde niño le enseñaron a amar las plantas y es la rutina ideal para transcurrir los sobresaltos diarios de su trabajo. Además siente deleite al saborear un plato de frescos vegetales, fruto de su entretenimiento.-
Camina lentamente por las hileras, regador en mano, cuando descubre al costado de sus preciadas endibias, pequeños gusanos. Se inclina y revisa las plántulas. Siente, de pronto, que su mano arde y advierte que uno de ellos está prendido a ella. Agita el brazo para quitarlo y regresa rápido al interior de la casa para prevenir consecuencias, ya que sabe que puede producirle un brote alérgico. Toma la medicina, observa el punto rojo de la mordedura y una pequeña inflamación. Sin prestarle mucha importancia, se dirige al trabajo.
El parte médico deja a su esposa desolada. Los profesionales no logran un diagnóstico, porque a pesar de recurrir a todos los métodos, no consiguen disminuir la hinchazón de su cuerpo y el enrojecimiento de la piel afiebrada. No tienen explicación, sólo saben que tiene escasos signos vitales. “Hay que esperar, ver como evoluciona” –dicen.
Pasan las horas, los días implacables. La gravedad no cede. El cuerpo de Paulo se desforma casa vez más. Su mujer ya no tiene valor para verlo y entra en estado de pánico amilanada por la virulencia del episodio. A sus dos hijos no les permiten verlo, sería muy conmovedor, se sienten devastados por la situación, ya no ven a su papá y su mamá apenas tiene fuerzas para contenerlos.
En ese sueño no deseado, Paulo sueña con sus hijos. Sueños de caos y estrépito. Los niños lejanos, silenciosos. Los niños estirando los brazos para llegar a él. Las caricias que no llegan, porque hay criaturas extrañas que le impiden cruzar el puente que le permita llegar a ellos; quiere abrazarlos pero no tiene brazos. La niebla lo envuelve, no distingue el rostro de su mujer, no distingue los niños. Se están desdibujando. Desaparecen.
En la madrugada de uno de los penosos días, Paulo, en su letargo, con poca lucidez y claridad, recuerda a sus hijos y siente tristeza y mucho dolor. Las lágrimas comienzan a correr por su cara y lentamente experimenta alivio en su cuerpo.
Los médicos lo encuentran totalmente deshinchado, su piel tibia y la fiebre cediendo, los controladores mecánicos muestran su presión arterial normal y los latidos del corazón rítmicos. Miran su rostro y advierten que duerme aliviado. Pero algo les llama la atención; fuera del lagrimal, contenida en una lágrima, una pequeña sanguijuela ¡asoma muerta!

MARTA PINHAO

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