En mi casa no hay parque, sí jardín en el frente y patio en la parte trasera. El jardín es humilde pero lleno de sol; de día y de noche se hace dinámico con idas y venidas de perros y gatos del vecindario. En época estival se viste de capa verde y luce, orgulloso, el crataegus florecido, que hace las delicias de las alegres abejas.
En invierno anuncia el frío de cada mañana engalanándose con el rocío de la noche, congelado.
Más íntimo es el patio. Con muros que lo protegen de curiosos lindantes y donde se apoyan laxamente las hiedras y enredaderas, que el otoño con su cotidiana metamorfosis no deja de provocar asombro, transforma en colores rojizos y amarillentos sus frondas.
En tardes invernales se sume en penumbra, desolación, quietud. Las plantas muestran sus esqueletos y los pájaros se abisman a misteriosos paisajes.
El viejo ciruelo surge extraño reflejando en el muro su ramaje desnudo de follaje; antiguo morador de la casa, ha sido mudo testigo de horas felices, otras de ojos nublados. El es el primero en advertir la primavera y anunciar con sus flores blancas que comienza uno de los esplendorosos ciclos que nos regala la naturaleza, luego del trabajo silente del invierno. Se podría decir que él ha atravesado muchos años de la vida familiar, con generaciones jugando a su sombra y saboreando sus frutos. Hoy comparte el patio con su renuevo y la mujer del cántaro que emerge del agua de la pequeña fuente, espejo mágico de insectos y pájaros. Siento un íntimo cariño por ese árbol, un singular apego; viejo y enfermo cada año despliega su vigor fecundo.
En verano bajo su copa se puede contemplar el patio a distintas horas; a la mañana cuando las gotas del amanecer se alargan finas, traslúcidas por el verde tapiz del suelo; cuando el calor abraza nada lo turba, todo es inacción, una fiesta del silencio, y el sol, rey absoluto, esparce sus rayos. Al llegar el último período de la tarde, las plantas y flores recobran su energía y como una orquesta muestran toda su armonía en los tonos de sus colores y perfumes para activar nuestros sentidos y vivirlos intensamente, y reaparecen los alegres colibríes, los curiosos gorriones, las bulliciosas ratoneras, el elegante desfile de las palomas y horneros, las hormigas en su procesión……-
Cuando el sol ya no brilla y empieza a proyectarse la noche y la luna voluptuosa se despereza sobre él, generosamente nos brinda su hospitalidad para vivir las reuniones familiares y con amigos. Un mundo de sensaciones cotidianas, sentir el placer de estar allí, solo o en compañía, disfrutar las motivaciones sensoriales, en definitiva, la vida.
A veces me parece el paraíso.-

Marta –

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