Es la hora del crepúsculo. Despierta sobresaltado, sabe que el insomnio se hace invencible hasta la madrugada. Se levanta perezosamente y camina imperturbable hacia el corredor de la casa; la noche llega plena para disfrutarla en esas horas de desvelo.   Podría salir de la casona a recorrer el parque, está con ánimo para hacerlo; como tantas noches comienza a andar. La luna ilumina de lleno el embaldosado que lo llevará al sendero tan conocido, para vagar por oscuros rincones.
Camina, camina y se va internando en el follaje sombrío. Siente placer al caminar por el mullido césped y escuchar los ruidos de insectos invisibles en la oscuridad absoluta en torno a él.
Ahora va hacia un claro del jardín, rozando la vegetación húmeda, la misma que a pleno sol le resulta tan agradable, tan confortable para descansar. Ya de nuevo a la luz lunar siente una sensación de vigor. . ., esta noche será distinta.
Va a irrumpir con huraña displicencia en el espacio abierto pero algo lo hace desistir; es ese sonido tan particular, ese olor tan conocido. Vuelve lentamente al rincón sombrío, se aquieta y observa. Brillan sus ojos y de pronto lo ve. Y sigilosamente y preso de excitación salta sobre la pared y sube con destreza a su torre de observación.
Como experto gimnasta se desliza suavemente, apretando su cuerpo contra el techo y divisa su silueta en la penumbra, calculando desde lo alto la distancia y velozmente se sacude en un salto felino y se arroja al suelo para quedar extenuado con la preciada rata entre sus dientes.
MARTA – Mayo 2005

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