Sus párpados pesados le impiden abrir los ojos, a pesar del esfuerzo. Su mente no está funcionando como debiera, todo es confuso. El silencio se asemeja a la muerte, ni siquiera siente el sonido de la respiración. ¿Lo estará haciendo? Empieza a desesperarse. ¿Cuándo empezó esto exactamente?
Aparecen algunos recuerdos; está volando en la avioneta, el cielo es límpido, la visión excelente. Abajo el bosque -su bosque- rebosante con todo su esplendor, mostrando lo generoso de su comportamiento, para el cual había invertido tantos sueños y dinero.
Con gestos somnolientos, abre los ojos; luz, sombras, nuevamente luz. Distingue siluetas, siluetas negras, grises, verdes…árboles, ¡enormes árboles ascendiendo!
Su cuerpo es un saco de huesos, posiblemente rotos, el dolor es intenso, fuerte. Los párpados, brazos y piernas pesan mucho; casi imposible moverlos. El silencio apretado es dominante, el avión inmóvil como un cadáver, a varios metros. De cara al cielo, dentro de los grises de la mente, intenta reconstruir lo sucedido.
“Se olfatea algo raro en el aire”, Lila siempre tenía razón. No quería que ese día realizara el viaje. Pero él, invariablemente terco y restándole importancia a sus intuiciones. Es su trabajo y también su placer. Una mera costumbre.
Lo hace semanalmente. Se controla mejor desde la altura que no hubiese desmontes clandestinos que pudieran afectar su tan preciado patrimonio. De eso tenía experiencia, cuantos dolores de cabeza había tenido con esos salvajes descontrolados que lo habitaban, pero estaban logrando despersonalizarlos y cedían terreno a cambio de unas plantas de coca. Sabía que estaba bien cuidado, para eso había reclutado varios marginados bajo pena de castigarlos de volver al ámbito donde no eran admitidos, pero hacer notar su presencia no venía nada mal y sentía una felicidad única admirar desde el aire tanta riqueza.
El vuelo para sobrevolar las miles de hectáreas de bosque de pinos de su propiedad, bruscamente se volvió alocado. Le viene la imagen fugaz de haber entrado a un pozo en el espacio donde perdió el control de la máquina; luego el vértigo, la nada.
Ahora siente el susurro de las ramas, el soplo de aire que desciende sobre su cara, imágenes fugaces pasan por su mente. La compra de la tierra por un valor mísero, el desmonte y luego la ambición; la plantación de pinos, el negocio tan esperado en el que no ha invertido mucho dinero porque la mano de obra de los indígenas no vale nada.
Escucha un ligero y furtivo ruido, trata de mover las piernas, siente temor de la cercanía de animales salvajes. Lucha con la mente para poner en movimiento su cuerpo, se mueve con mucha dificultad. Sólo logra sentarse; sus piernas no le responden. Mira alrededor y se da cuenta de que ha quedado sobre un alto montículo arenoso. El ruido ha tomado forma y ante sus ojos aparece, abajo, al pie de la loma, un hombre de físico pequeño, flaco y andrajoso y de apariencia indígena que le sonríe, en silencio. -Espero que entienda mi idioma- pero la voz no llega, la sed le impide agitar la lengua. Temeroso, por medio de señas trata de que comprenda su inmovilidad. El haraposo sin dejar de observarlo sonriente y ante su desolación, se pierde en la niebla espesa del pinar.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Todavía hay luz, el techo vegetal no lo deja distinguir el sol. De pronto, de la cortina gris emerge el indígena ya no solo, sino con un semejante. Trepa, se aproxima cauteloso y alargando sus manos le ofrece agua en una vasija.
-¿Entiende español? –le pregunta.
-Entiendo –le contesta el indígena.
-¿Puede ayudarme a caminar?
-Lo intentaré.
Se acerca y él, receloso, pasa el brazo por arriba de sus hombros y hace fuerza para incorporarse. Pero el indio es pequeño y caen. Lo intentan nuevamente y fracasan.
-Déjeme intentarlo solo – le dice.
Se inclina de costado y trata de arrastrarse. Pretende levantarse. No lo logra. Sus brazos pesan y sus piernas no responden, se sienta. Se saca la chaqueta y la tira hacia abajo. Lo mismo hace con su cinturón, sus costosas botas, todo de impecable confección. Trata de despojarse de lo que puede, quizá más liviano pueda moverse. Acomete nuevamente y nada. La furia de los sentidos estalla.
Tiembla de cólera. No le puede estar ocurriendo a él, que el destino decidió su camino, dejando que la buena suerte sea su respaldo. El plan estaba funcionando por su grado de racionalidad y organización. Siente que está fallando el caudal tremendo de energía de sus emociones que se encuentran cargadas de ira.
Lila, Lila, si te hubiese hecho caso. No sabés cómo quisiera estar en casa, abrazándote. Cómo quisiera no tener este bosque inmenso, solamente un pino para estar a su amparo. Como quisiera decirte. . .
Siente el suelo moverse. El hombre que está a su lado grita: “¡De fuego, de fuego!”
-¿Qué es? ¡Por favor! ¿Qué pasa? –grita enajenado.
-¡Hormigas, hormigas rojas gigantes, de fuego! ¡Tenemos que salir de aquí! –dice el hombre.
-¡Baje, hágase de una rama y ayúdeme a deslizarme! – suplica.
-¡No puedo sacar los pies! –le contesta.
La realidad estalla de pronto. Tiembla la loma, siente un estremecimiento.
Es tarde, la tierra empieza a abrirse, se hunden los pies del hombre y también comienza a hundirse él. Mira hacia abajo. El otro nativo está cautivado con sus pertenencias de las que se deshizo un momento antes. Le grita enloquecido.
-¡Ayúdenos, consiga auxilio para bajarnos! –gime.
El hombre los mira y vuelve a la tarea de tomar esas cuerdas de colores, pensando cual será la manera de sujetarlas para que los extraños cueros en que metió sus pies, le permitan caminar para buscar ayuda.
La tierra cede cada vez más. Las primeras mordeduras empiezan a sentirse. Escucha los gritos del primer hombre. El dolor, quemante. ¿Y si todo fuera un sueño y estuviera volviendo a casa y Lila diciendo: “Se olfatea algo raro en el aire”? ¿Y no sintiera la sensación de este viaje subterráneo?

MARTA – SETIEMBRE 2009

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